Tuesday, April 25, 2006

¡Asauó!

Los domingos suelen ser días domingos. Esto es tirarse boca arriba a leer o boca abajo a dormir, para no entrar en detalles. Cada uno sabe qué hace los domingos, y como los administra teniendo en cuenta que pasan rápido y a las seis o siete de la tarde se acaban.
Sin embargo, este domingo fui con los chicos a ver a Los Cazurros, unos tíos maduritos (más de 30) que hace más de una década juegan como niños en un escenario. Hacen un espectáculo para chicos basado en el relato, con un pie en la imaginación y con la ilusión de hacer participar a los grandes en la puesta. Todo se cumple. Los grandes se ríen de los chistes y los chicos hacen disparates.
Llegamos al lugar, un predio ubicado en Dorrego y Zapiola, espacio de moda si los hay en Buenos Aires, donde se realizó el fin de semana pasado la llamada Feria de los Niños, un currito asociado con la infinidad de productos y servicios que consumen los más pequeños de la familia. Para entrar había que pagar cinco pesos, una fortuna teniendo en cuenta que del otro lado de la puerta todo tenía precio. Puestos de libros, ropa, juegos didácticos y de ciencia, talleres de pintura, maquillaje artístico, organizadores de fiestas infantiles, escuelas de danza y música, hasta una productora invitando a los chicos a fotografiarse para convertirse en el futuro en modelos publicitarios o estrellitas de TV. Poco, casi nada, era gratis. Apenas las trepadoras, un espacio para jugar con bloques y otro de pintura con caballete.
Los puestos de comida rápida ofrecían panchos, hamburguesas, pebetes de jamón y queso y alguna que otra tarta con aspecto de haber sido hecha para mirar y no para comer. Todo pensado para alimentar al paso a los oficinistas y gerentes de Florida y Corrientes, los padres de todos esos chicos vestidos de domingo, que cuando salen de paseo tienen hambre, ganas de hacer pis, calor, ganas de sentarse y por qué no de irse a sus casas.
Allí estábamos, los grandes con los chicos haciendo cola para ver a Los Cazurros. Pocos lugares son tan efectivos como el zoológico, la cola del cine en el shoping y la playa que elegiste para tus vacaciones para verte reflejado en tus pares. Lo mismo pasa cuando la convocatoria abarca a un buen puñado de hombres y mujeres que tienen una edad parecida a la tuya y, en este caso, cinco pesos por cabeza para pagar la entrada. Las mujeres con jeans y botas texanas, que son horribles pero se usan de nuevo, o con babuchas y zapatillas arregladas, de esas que no son para hacer gimnasia sino para pasear los domingos a la tarde. Los tipos perfumados, con el abrigo atado sobre los hombros atajando pibes cerca del tobogán y atendiendo el celular a pesar de todo. La mayoría en actitud de aún soy joven, pero más de uno hecho mierda, muy herido. Caras que empiezan a arrugarse, culos que empiezan a caerse, rollitos disimulados por abrigos holgados, tetas de push-up, reflejos rojos e insinuadas calvicies.
Yo me sentía bien igual, el espejo a veces deforma, incluso puede estar sucio, empañado. Los jeans son democráticos y las botas, botas son. La fila para ver el espectáculo crecía desproporcionada en relación al espacio disponible para sentarse. Cuando nos tocó el turno de acomodarnos ya no había lugar. La gente empujaba con los chicos en brazos para entrar. Las gradas se completaron, el piso estaba repleto de niños sentados como indiecitos. Alguien nos gritó: ¡En la escalera no! Fieles a nuestro estilo, lo miramos sin verlo y nos sentamos igual. Qué indignado estaba el tipo, quería dar una orden también el domingo.
Los Cazurros nos hicieron olvidar de todo. Contaron una historia con el cuerpo y la voz y apenas nos dimos cuenta de que en el escenario estaban solo ellos dos. Nos reímos, jugamos, nos miramos cómplices, disfrutamos. Los actores se llaman Pablo y Ernesto y actúan muy bien, sobre todo Ernesto, que me gustó tanto que hasta quise ir a besarlo a la salida. Me abstuve, no me gustan los papelones. Al final de la presentación, en la que aprendimos la palabra mágica que todo lo soluciona y que debe ser pronunciada como un conjuro, asauó, asauó, asauooooó, salimos corriendo de ese lugar tan tremendo para refugiarnos en casa, donde comimos rico, hicimos un poco de ruido con nuestros instrumentos y boca abajo hicimos una siestita. Después de todo, era domingo.

A.R

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