No recuerdo cuándo fui por primera vez. Me gusta no recordarlo. Sé que algún día, por casualidad, podré precisar cuándo fue, con quién fui y qué compré. Pero de lo que sí estoy segura es de haber sentido que ese lugar reunía todos los ingredientes para convertirse, por su simplicidad y su filosofía del amontonamiento, en uno de mis favoritos. Cuando lo conocí era lo contrario del glamour, sucio, oscuro, solitario y barato. Ahí podías encontrar cualquier cosa, desde una llave hasta un frasco de mermelada vacío e insignificante. Las puertas de un mueble, libros sin las últimas hojas, baratijas. Ibas, mil veces ibas, y nunca lo entendías. Recovecos, pasillos que terminaban en un muro, olor a gato alzado, a orines, a caca de ratón. Un vaho persistente, que no te abandonaba, como otros que se dispersan apenas se acostumbra la nariz.
Aunque suene increíble, el Mercado de Pulgas era mágico. El hechizo funcionaba cuando, dispuesto a encontrar un tesoro, lo penetrabas, te internabas sin rumbo por los pasillos y comenzabas a recorrerlo. Era mágico porque aunque nunca encontrabas lo que buscabas, descubrir un sustituto amable te hacía feliz. Debajo del polvo acumulado durante años, un delicioso espejo de luna; en un rincón tapado por pilas de muebles horribles, un ropero precioso por dos mangos. Cada hallazgo era una victoria porque era un descubrimiento y el no haber encontrado esa mesa que buscabas potenciaba el deseo de volver otro fin de semana, o al mes siguiente, a continuar hurgando entre el hollín y la humedad.
Con el tiempo, como siempre, las cosas fueron cambiando y el mercado se convirtió en otra cosa. Comenzaron a visitarlo productores de televisión para armar escenografías de comedias y unitarios, parejas de clase media ávidas de encontrar allí ese toque de excentricidad que tan bien queda en una casa, y los que iban porque era barato dejaron de tenerlo en cuenta a la hora de resolver sus problemas de mobiliario. Poco a poco se transformó en un lugar de paseo, sobre todo los fines de semana, mientras los precios de los objetos usados iban subiendo al paso de las visitas. Empezaron a cotizarse los sifones antiguos, que antes se conseguían por monedas, los marcos moldurados dejaron de estar en un lugar marginal y se convirtieron en estrellas rutilantes por ser potenciales recuadros para un espejo de comedor. Los picaportes viejos, que siempre se conseguían por dos pesos, se volvieron carísimos y las alacenas con mesada de mármol inalcanzables. Con todo, la magia no se había perdido, en algún rincón siempre estaba, más barato, el amable sustituto, en ocasiones más bello y más sólido que el objeto de deseo. Algunos puesteros, incluso, seguían alimentando la mística del mueble medio roto pero listo para comprar. Sin lijar, como en los viejos tiempos, te lo llevabas a tu casa. A pesar del aumento de las visitas, el Dorrego conservaba el olor rancio y los pasillos sin salida, donde hasta podían esconderse los ladrones y los amantes.
Ahora el Mercado de Pulgas de la calle Dorrego ya no existe. Está, pero se transformó en otra cosa, que seguramente rendirá más beneficios económicos a los puesteros pero que ya no invita al descubrimiento. Con la mudanza ya no hay peligro de perderse horas buscando una reja o un sillón o una armónica. No están más los fondos de Tony, llenos de porquerías, teléfonos públicos robados por desconocidos, luces que no funcionan, lamparitas rotas, registradoras de otro siglo, cabezas de maniquíes, pelucas salvadas de una quema. No esta más la carpintería de El Chileno, con sus ratas gigantes y el humo de querosén asfixiante. El nuevo espacio que las autoridades habilitaron para que funcione el mercado huele a perfume –juro que no exagero-, tiene pasillos amplios sin techar, el sol calienta los objetos y no hay un solo gato sin vacunar. Guardias urbanos controlan a los paseantes y los muebles viejos, pero limpios, están exhibidos en orden mientras la luz se quiebra en fragmentos sobre sus tapas lustradas. Los puestos tienen rejas y candado, para guardar por la noche la mercancía, y varios pintores de caballete trabajan tranquilos mientras toman mate. Los precios siguieron subiendo, claro, los sifones están agotados y habrá que esperar que ya no se usen o que los habitantes del mercado corrompan el nuevo espacio para conseguirlos de nuevo.
Thursday, May 18, 2006
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