Saturday, April 29, 2006
Tuesday, April 25, 2006
¡Asauó!
Los domingos suelen ser días domingos. Esto es tirarse boca arriba a leer o boca abajo a dormir, para no entrar en detalles. Cada uno sabe qué hace los domingos, y como los administra teniendo en cuenta que pasan rápido y a las seis o siete de la tarde se acaban.
Sin embargo, este domingo fui con los chicos a ver a Los Cazurros, unos tíos maduritos (más de 30) que hace más de una década juegan como niños en un escenario. Hacen un espectáculo para chicos basado en el relato, con un pie en la imaginación y con la ilusión de hacer participar a los grandes en la puesta. Todo se cumple. Los grandes se ríen de los chistes y los chicos hacen disparates.
Llegamos al lugar, un predio ubicado en Dorrego y Zapiola, espacio de moda si los hay en Buenos Aires, donde se realizó el fin de semana pasado la llamada Feria de los Niños, un currito asociado con la infinidad de productos y servicios que consumen los más pequeños de la familia. Para entrar había que pagar cinco pesos, una fortuna teniendo en cuenta que del otro lado de la puerta todo tenía precio. Puestos de libros, ropa, juegos didácticos y de ciencia, talleres de pintura, maquillaje artístico, organizadores de fiestas infantiles, escuelas de danza y música, hasta una productora invitando a los chicos a fotografiarse para convertirse en el futuro en modelos publicitarios o estrellitas de TV. Poco, casi nada, era gratis. Apenas las trepadoras, un espacio para jugar con bloques y otro de pintura con caballete.
Los puestos de comida rápida ofrecían panchos, hamburguesas, pebetes de jamón y queso y alguna que otra tarta con aspecto de haber sido hecha para mirar y no para comer. Todo pensado para alimentar al paso a los oficinistas y gerentes de Florida y Corrientes, los padres de todos esos chicos vestidos de domingo, que cuando salen de paseo tienen hambre, ganas de hacer pis, calor, ganas de sentarse y por qué no de irse a sus casas.
Allí estábamos, los grandes con los chicos haciendo cola para ver a Los Cazurros. Pocos lugares son tan efectivos como el zoológico, la cola del cine en el shoping y la playa que elegiste para tus vacaciones para verte reflejado en tus pares. Lo mismo pasa cuando la convocatoria abarca a un buen puñado de hombres y mujeres que tienen una edad parecida a la tuya y, en este caso, cinco pesos por cabeza para pagar la entrada. Las mujeres con jeans y botas texanas, que son horribles pero se usan de nuevo, o con babuchas y zapatillas arregladas, de esas que no son para hacer gimnasia sino para pasear los domingos a la tarde. Los tipos perfumados, con el abrigo atado sobre los hombros atajando pibes cerca del tobogán y atendiendo el celular a pesar de todo. La mayoría en actitud de aún soy joven, pero más de uno hecho mierda, muy herido. Caras que empiezan a arrugarse, culos que empiezan a caerse, rollitos disimulados por abrigos holgados, tetas de push-up, reflejos rojos e insinuadas calvicies.
Yo me sentía bien igual, el espejo a veces deforma, incluso puede estar sucio, empañado. Los jeans son democráticos y las botas, botas son. La fila para ver el espectáculo crecía desproporcionada en relación al espacio disponible para sentarse. Cuando nos tocó el turno de acomodarnos ya no había lugar. La gente empujaba con los chicos en brazos para entrar. Las gradas se completaron, el piso estaba repleto de niños sentados como indiecitos. Alguien nos gritó: ¡En la escalera no! Fieles a nuestro estilo, lo miramos sin verlo y nos sentamos igual. Qué indignado estaba el tipo, quería dar una orden también el domingo.
Los Cazurros nos hicieron olvidar de todo. Contaron una historia con el cuerpo y la voz y apenas nos dimos cuenta de que en el escenario estaban solo ellos dos. Nos reímos, jugamos, nos miramos cómplices, disfrutamos. Los actores se llaman Pablo y Ernesto y actúan muy bien, sobre todo Ernesto, que me gustó tanto que hasta quise ir a besarlo a la salida. Me abstuve, no me gustan los papelones. Al final de la presentación, en la que aprendimos la palabra mágica que todo lo soluciona y que debe ser pronunciada como un conjuro, asauó, asauó, asauooooó, salimos corriendo de ese lugar tan tremendo para refugiarnos en casa, donde comimos rico, hicimos un poco de ruido con nuestros instrumentos y boca abajo hicimos una siestita. Después de todo, era domingo.
A.R
Sin embargo, este domingo fui con los chicos a ver a Los Cazurros, unos tíos maduritos (más de 30) que hace más de una década juegan como niños en un escenario. Hacen un espectáculo para chicos basado en el relato, con un pie en la imaginación y con la ilusión de hacer participar a los grandes en la puesta. Todo se cumple. Los grandes se ríen de los chistes y los chicos hacen disparates.
Llegamos al lugar, un predio ubicado en Dorrego y Zapiola, espacio de moda si los hay en Buenos Aires, donde se realizó el fin de semana pasado la llamada Feria de los Niños, un currito asociado con la infinidad de productos y servicios que consumen los más pequeños de la familia. Para entrar había que pagar cinco pesos, una fortuna teniendo en cuenta que del otro lado de la puerta todo tenía precio. Puestos de libros, ropa, juegos didácticos y de ciencia, talleres de pintura, maquillaje artístico, organizadores de fiestas infantiles, escuelas de danza y música, hasta una productora invitando a los chicos a fotografiarse para convertirse en el futuro en modelos publicitarios o estrellitas de TV. Poco, casi nada, era gratis. Apenas las trepadoras, un espacio para jugar con bloques y otro de pintura con caballete.
Los puestos de comida rápida ofrecían panchos, hamburguesas, pebetes de jamón y queso y alguna que otra tarta con aspecto de haber sido hecha para mirar y no para comer. Todo pensado para alimentar al paso a los oficinistas y gerentes de Florida y Corrientes, los padres de todos esos chicos vestidos de domingo, que cuando salen de paseo tienen hambre, ganas de hacer pis, calor, ganas de sentarse y por qué no de irse a sus casas.
Allí estábamos, los grandes con los chicos haciendo cola para ver a Los Cazurros. Pocos lugares son tan efectivos como el zoológico, la cola del cine en el shoping y la playa que elegiste para tus vacaciones para verte reflejado en tus pares. Lo mismo pasa cuando la convocatoria abarca a un buen puñado de hombres y mujeres que tienen una edad parecida a la tuya y, en este caso, cinco pesos por cabeza para pagar la entrada. Las mujeres con jeans y botas texanas, que son horribles pero se usan de nuevo, o con babuchas y zapatillas arregladas, de esas que no son para hacer gimnasia sino para pasear los domingos a la tarde. Los tipos perfumados, con el abrigo atado sobre los hombros atajando pibes cerca del tobogán y atendiendo el celular a pesar de todo. La mayoría en actitud de aún soy joven, pero más de uno hecho mierda, muy herido. Caras que empiezan a arrugarse, culos que empiezan a caerse, rollitos disimulados por abrigos holgados, tetas de push-up, reflejos rojos e insinuadas calvicies.
Yo me sentía bien igual, el espejo a veces deforma, incluso puede estar sucio, empañado. Los jeans son democráticos y las botas, botas son. La fila para ver el espectáculo crecía desproporcionada en relación al espacio disponible para sentarse. Cuando nos tocó el turno de acomodarnos ya no había lugar. La gente empujaba con los chicos en brazos para entrar. Las gradas se completaron, el piso estaba repleto de niños sentados como indiecitos. Alguien nos gritó: ¡En la escalera no! Fieles a nuestro estilo, lo miramos sin verlo y nos sentamos igual. Qué indignado estaba el tipo, quería dar una orden también el domingo.
Los Cazurros nos hicieron olvidar de todo. Contaron una historia con el cuerpo y la voz y apenas nos dimos cuenta de que en el escenario estaban solo ellos dos. Nos reímos, jugamos, nos miramos cómplices, disfrutamos. Los actores se llaman Pablo y Ernesto y actúan muy bien, sobre todo Ernesto, que me gustó tanto que hasta quise ir a besarlo a la salida. Me abstuve, no me gustan los papelones. Al final de la presentación, en la que aprendimos la palabra mágica que todo lo soluciona y que debe ser pronunciada como un conjuro, asauó, asauó, asauooooó, salimos corriendo de ese lugar tan tremendo para refugiarnos en casa, donde comimos rico, hicimos un poco de ruido con nuestros instrumentos y boca abajo hicimos una siestita. Después de todo, era domingo.
A.R
Saturday, April 22, 2006
Riiiiiiing!!!
Friday, April 21, 2006
Thursday, April 20, 2006
Algo en común
Jamás pensé que podría tener algo en común con Inés Estévez, más allá del género, hasta que leí una entrevista que le hicieron en Clarín. El tílulo rozaba el melodrama porque anunciaba el retiro de la actriz de los escenarios después de veinte años de carrera exitosa. Los adjetivos estaban puestos en el original y no es en ellos que quiero detenerme. Más allá de cómo actúa la rubia, lo cierto es que decidió dejar lo seguro para dedicarse a otra cosa.
La noticia estaba anunciada con gran despliegue, casi como si se tratara del retiro de una deportista o de un bailarín, que sabemos no tienen más de 30 ó 35 años de vida útil, cuando muchos recién nos estamos despabilando. Me pregunté, de inmediato, por qué Estévez dejaba la actuación, que le dio de comer nada más y nada menos que durante dos décadas. Es raro que un actor ya no quiera ser mirado, que decida no exhibirse, pensé.
Pero Estévez tiene algo adentro que no la deja vivir, y ahí está el asunto en común. La chica quiere escribir y dirigir, quiere tener las riendas, jugar fuerte. Decidió dejar la actuación para dedicarse a lo que quiere hace años, otra cosa. Cuenta en la entrevista que intentó trabajar menos para tener tiempo para su verdadera vocación, pero que no pudo, que las cosas las hace con dedicación exclusiva o no las hace.
Entonces pensé que esa historia me resultaba conocida. Hace 14 años que escribo para medios gráficos, digamos que desde entonces soy periodista. Aprendí poco a poco el oficio y descubrí que me gusta. Me gusta hacer notas, me gusta el vértigo de una cobertura, me gusta el cierre. Pero yo, amigos, yo quiero escribir ficción. Qué paradoja.
Hace por lo menos un año que intento todo tipo de alquimias para terminar de escribir una novela que empecé hace tiempo. Levantarme antes que el resto de la familia, acostarme con mis hijos, dormirlos, y después levantarme a escribir un rato. No escribir más. Pensar en escribir todo el día y no escribir nada. El cuerpo, el mio, no resiste tantas horas frente al teclado de una computadora. Trabajo hace tres años y medio en una agencia de noticias internacional, el ritmo de redacción es continuo y monótono. Te quema la cabeza. Probé tomar vino todas las noches, para olvidar. Incluso me olvidé. Pero la novela sigue ahí esperandome.
En este punto, pensé qué bueno lo de Estévez que deja todo para ir detrás de su deseo, que lo anuncia en una doble con tapa en el diario de mayor circulación del país. Qué bueno empreder algo así, con la prensa de tu lado, con los medios dispuestos a vender un título con vos. ¿Cuál será el negocio que tiene entre manos la actriz? Tal vez sea la crisis de la mediana edad, el deseo de ser madre, las ganas de empezar otra vez.
Pero lo más importante es que Estévez tiene plata para dejarlo todo. Ya no necesita seguir actuando y, a pesar de las satisfacciones, decidió dar vuelta la página. La plata, ese es el punto.
Se nota que tiene plata para dar el salto y, además, esto es clave, aseguró que el marido la apoya. Mi marido también me apoya, pero después se da vuelta y apaga la luz.
A.R
La noticia estaba anunciada con gran despliegue, casi como si se tratara del retiro de una deportista o de un bailarín, que sabemos no tienen más de 30 ó 35 años de vida útil, cuando muchos recién nos estamos despabilando. Me pregunté, de inmediato, por qué Estévez dejaba la actuación, que le dio de comer nada más y nada menos que durante dos décadas. Es raro que un actor ya no quiera ser mirado, que decida no exhibirse, pensé.
Pero Estévez tiene algo adentro que no la deja vivir, y ahí está el asunto en común. La chica quiere escribir y dirigir, quiere tener las riendas, jugar fuerte. Decidió dejar la actuación para dedicarse a lo que quiere hace años, otra cosa. Cuenta en la entrevista que intentó trabajar menos para tener tiempo para su verdadera vocación, pero que no pudo, que las cosas las hace con dedicación exclusiva o no las hace.
Entonces pensé que esa historia me resultaba conocida. Hace 14 años que escribo para medios gráficos, digamos que desde entonces soy periodista. Aprendí poco a poco el oficio y descubrí que me gusta. Me gusta hacer notas, me gusta el vértigo de una cobertura, me gusta el cierre. Pero yo, amigos, yo quiero escribir ficción. Qué paradoja.
Hace por lo menos un año que intento todo tipo de alquimias para terminar de escribir una novela que empecé hace tiempo. Levantarme antes que el resto de la familia, acostarme con mis hijos, dormirlos, y después levantarme a escribir un rato. No escribir más. Pensar en escribir todo el día y no escribir nada. El cuerpo, el mio, no resiste tantas horas frente al teclado de una computadora. Trabajo hace tres años y medio en una agencia de noticias internacional, el ritmo de redacción es continuo y monótono. Te quema la cabeza. Probé tomar vino todas las noches, para olvidar. Incluso me olvidé. Pero la novela sigue ahí esperandome.
En este punto, pensé qué bueno lo de Estévez que deja todo para ir detrás de su deseo, que lo anuncia en una doble con tapa en el diario de mayor circulación del país. Qué bueno empreder algo así, con la prensa de tu lado, con los medios dispuestos a vender un título con vos. ¿Cuál será el negocio que tiene entre manos la actriz? Tal vez sea la crisis de la mediana edad, el deseo de ser madre, las ganas de empezar otra vez.
Pero lo más importante es que Estévez tiene plata para dejarlo todo. Ya no necesita seguir actuando y, a pesar de las satisfacciones, decidió dar vuelta la página. La plata, ese es el punto.
Se nota que tiene plata para dar el salto y, además, esto es clave, aseguró que el marido la apoya. Mi marido también me apoya, pero después se da vuelta y apaga la luz.
A.R
Saturday, April 15, 2006
Friday, April 14, 2006
Siempre es hoy
¿Por qué siempre es hoy?, pregunta Mateo con insistencia. Qué pregunta pienso y me acuerdo de Borges, de su Arte Poética, y pienso en el agua de un río. Pienso en el mar. Trato de
responderle como puedo, que vivimos ahora, que hoy es el presente, que estamos acá, que lo que sucedió ayer ya pasó y que lo que sucederá mañana, sí, sucederá mañana. También le digo que mañana será hoy mañana y que ayer fue hoy, pero ayer. Pero qué clase de respuesta es esa si es justo lo que está preguntando. Hoy es este momento, en el que escribo, y será hoy también cuando lo vuelva a leer o cuando lo lean. Hoy es otoño, mañana es día de cumpleaños, hoy es viernes, mañana sábado. Siempre hoy es el punto de referencia, digamos, le digo, me mira.
Pasan los días, los hoy, y el chico insiste. Se nota que le gusta preguntarlo. La primera vez lo preguntó en serio, serio, pero ahora lo pregunta porque le gusta, riendo. Ayer, cuando era hoy, se paró en un rincón del living y riéndose lanzó ¿Por qué siempre es hoy? Estaba jugando, ya sabe que cada vez que lo pregunta la respuesta es más inverosímil.
Hoy llovío, hoy salió el sol, hoy Abril y yo nos abrazamos, hoy Tati y yo nos acariciamos apenas nos despertamos, después peleamos. Hoy comimos facturas y tomamos mate. Hoy es de día y de noche. Hoy tengo y tuve hambre. Hoy es otra historia en otra parte. Nos reimos de la respuesta.
Cuando hoy, mientras soplaba un vientito fresco y era la tarde, la pregunta brotó otra vez, sintetizamos: Hoy es el mar, el cielo, el árbol de la vereda, el aire, el cuerpo, el ahora. Siempre es ahora. Siempre es hoy.
A.R
responderle como puedo, que vivimos ahora, que hoy es el presente, que estamos acá, que lo que sucedió ayer ya pasó y que lo que sucederá mañana, sí, sucederá mañana. También le digo que mañana será hoy mañana y que ayer fue hoy, pero ayer. Pero qué clase de respuesta es esa si es justo lo que está preguntando. Hoy es este momento, en el que escribo, y será hoy también cuando lo vuelva a leer o cuando lo lean. Hoy es otoño, mañana es día de cumpleaños, hoy es viernes, mañana sábado. Siempre hoy es el punto de referencia, digamos, le digo, me mira.
Pasan los días, los hoy, y el chico insiste. Se nota que le gusta preguntarlo. La primera vez lo preguntó en serio, serio, pero ahora lo pregunta porque le gusta, riendo. Ayer, cuando era hoy, se paró en un rincón del living y riéndose lanzó ¿Por qué siempre es hoy? Estaba jugando, ya sabe que cada vez que lo pregunta la respuesta es más inverosímil.
Hoy llovío, hoy salió el sol, hoy Abril y yo nos abrazamos, hoy Tati y yo nos acariciamos apenas nos despertamos, después peleamos. Hoy comimos facturas y tomamos mate. Hoy es de día y de noche. Hoy tengo y tuve hambre. Hoy es otra historia en otra parte. Nos reimos de la respuesta.
Cuando hoy, mientras soplaba un vientito fresco y era la tarde, la pregunta brotó otra vez, sintetizamos: Hoy es el mar, el cielo, el árbol de la vereda, el aire, el cuerpo, el ahora. Siempre es ahora. Siempre es hoy.
A.R
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