Saturday, May 27, 2006

Consejo petiso para pasajeros de subte


El 25 de mayo tomé el subte para ir a la agencia de noticias donde trabajo. Viajé gratis como todos los que tomaron el subte ese día. Los muchachos que iban a la Plaza de Mayo (para que K también tuviera su lleno) me regalaron, amables, una escarapela. Me la puse y viajé con ellos desde la estación Incas hasta Carlos Pellegrini en una formación rápida. En pocos minutos llegamos al centro de la ciudad, donde el obelisco traza las distancias. Caminé unas cuadras por Corrientes y al llegar a Florida, en pleno despliegue general de patriotismo, no podía dejar de pensar en las palabras que le escuché decir al guarda mientras desfilaba de un lado a otro del andén: En el próximo coche viaja gente normal. Con ese descaro, el tipo, bajito y pelado, invitaba a algunos pasajeros a esperar otro tren y a no mezclarse con los humildes ciudadanos embanderados que a esa hora se movilizaban para ir a ocupar la plaza.

Friday, May 26, 2006

Mi alma es un vampiro...

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se
alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la
noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,
con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.

Marosa di Giorgio. De "Obra completa " 2005

Thursday, May 18, 2006

El Dorrego perdió la magia

No recuerdo cuándo fui por primera vez. Me gusta no recordarlo. Sé que algún día, por casualidad, podré precisar cuándo fue, con quién fui y qué compré. Pero de lo que sí estoy segura es de haber sentido que ese lugar reunía todos los ingredientes para convertirse, por su simplicidad y su filosofía del amontonamiento, en uno de mis favoritos. Cuando lo conocí era lo contrario del glamour, sucio, oscuro, solitario y barato. Ahí podías encontrar cualquier cosa, desde una llave hasta un frasco de mermelada vacío e insignificante. Las puertas de un mueble, libros sin las últimas hojas, baratijas. Ibas, mil veces ibas, y nunca lo entendías. Recovecos, pasillos que terminaban en un muro, olor a gato alzado, a orines, a caca de ratón. Un vaho persistente, que no te abandonaba, como otros que se dispersan apenas se acostumbra la nariz.

Aunque suene increíble, el Mercado de Pulgas era mágico. El hechizo funcionaba cuando, dispuesto a encontrar un tesoro, lo penetrabas, te internabas sin rumbo por los pasillos y comenzabas a recorrerlo. Era mágico porque aunque nunca encontrabas lo que buscabas, descubrir un sustituto amable te hacía feliz. Debajo del polvo acumulado durante años, un delicioso espejo de luna; en un rincón tapado por pilas de muebles horribles, un ropero precioso por dos mangos. Cada hallazgo era una victoria porque era un descubrimiento y el no haber encontrado esa mesa que buscabas potenciaba el deseo de volver otro fin de semana, o al mes siguiente, a continuar hurgando entre el hollín y la humedad.

Con el tiempo, como siempre, las cosas fueron cambiando y el mercado se convirtió en otra cosa. Comenzaron a visitarlo productores de televisión para armar escenografías de comedias y unitarios, parejas de clase media ávidas de encontrar allí ese toque de excentricidad que tan bien queda en una casa, y los que iban porque era barato dejaron de tenerlo en cuenta a la hora de resolver sus problemas de mobiliario. Poco a poco se transformó en un lugar de paseo, sobre todo los fines de semana, mientras los precios de los objetos usados iban subiendo al paso de las visitas. Empezaron a cotizarse los sifones antiguos, que antes se conseguían por monedas, los marcos moldurados dejaron de estar en un lugar marginal y se convirtieron en estrellas rutilantes por ser potenciales recuadros para un espejo de comedor. Los picaportes viejos, que siempre se conseguían por dos pesos, se volvieron carísimos y las alacenas con mesada de mármol inalcanzables. Con todo, la magia no se había perdido, en algún rincón siempre estaba, más barato, el amable sustituto, en ocasiones más bello y más sólido que el objeto de deseo. Algunos puesteros, incluso, seguían alimentando la mística del mueble medio roto pero listo para comprar. Sin lijar, como en los viejos tiempos, te lo llevabas a tu casa. A pesar del aumento de las visitas, el Dorrego conservaba el olor rancio y los pasillos sin salida, donde hasta podían esconderse los ladrones y los amantes.

Ahora el Mercado de Pulgas de la calle Dorrego ya no existe. Está, pero se transformó en otra cosa, que seguramente rendirá más beneficios económicos a los puesteros pero que ya no invita al descubrimiento. Con la mudanza ya no hay peligro de perderse horas buscando una reja o un sillón o una armónica. No están más los fondos de Tony, llenos de porquerías, teléfonos públicos robados por desconocidos, luces que no funcionan, lamparitas rotas, registradoras de otro siglo, cabezas de maniquíes, pelucas salvadas de una quema. No esta más la carpintería de El Chileno, con sus ratas gigantes y el humo de querosén asfixiante. El nuevo espacio que las autoridades habilitaron para que funcione el mercado huele a perfume –juro que no exagero-, tiene pasillos amplios sin techar, el sol calienta los objetos y no hay un solo gato sin vacunar. Guardias urbanos controlan a los paseantes y los muebles viejos, pero limpios, están exhibidos en orden mientras la luz se quiebra en fragmentos sobre sus tapas lustradas. Los puestos tienen rejas y candado, para guardar por la noche la mercancía, y varios pintores de caballete trabajan tranquilos mientras toman mate. Los precios siguieron subiendo, claro, los sifones están agotados y habrá que esperar que ya no se usen o que los habitantes del mercado corrompan el nuevo espacio para conseguirlos de nuevo.

Wednesday, May 17, 2006

Papeles salvajes

Cae un resplandor sobre los robles.
No se sabe si es de tarde o es de noche.
Rueda al suelo el libro miniado.
Llegan las tías. O sólo una, la única; o muchas;
y hablan con mi madre;
así, todas las cosas del pasado retornan juntas.
Yo, comosiempre, estoy en una esquina de la habitación.
Tomo, otra vez, el libro de Kells.
El viento hace sonar las arpas.
Y de mi rojo cabello sale música.

Marosa Di Giorgio
De "Los papeles salvajes II".

Friday, May 12, 2006

Monday, May 08, 2006

Azul profundo

Debo confesar que durante los últimos días estuve buscando algo que me inspirara para escribir un post. Un gesto, un comportamiento, un motivo que no fuera un estado de ánimo, justamente porque lo que me faltó en las últimas semanas fue ánimo. Más bien todo fue un rutinario estado de inestabilidad general, adobado por picos de irritación, temor, incluso pánico y hasta desorientación. Todo tiene una razón, no es que de golpe me volví inestable, temerosa y floja, no, no, no. Pero la verdad, escribir de bajón no es recomendable. Por eso, busqué en todas partes algo para narrar. Programé ir al cine tres veces en la última semana y por una u otra razón tuve que postergar el plan, salí a cenar con dos de mis amigas para liberar tensión y volví con dolor de estómago y resaca, viajé en subte y en taxi para buscar sensaciones y me tocó un tachero pulcro que evitaba putear a los que le tiraban el auto encima. Un fracaso, un verdadereo fracaso. Salí a buscar y no encontré nada. Debe ser que sí o sí es conmigo con quien tengo que lidiar. Ni más ni menos.
Entonces, aceptémoslo, yo estoy como el maravilloso cuadro de Hopper que subí días atrás con el título Interiores. Estoy en una habitación limpia, donde todo simula estar bajo control. Desde las ventanas se puede ver el mar, intenso, azul y claro como los ojos de un irlandés. La puerta está entreabierta para que entre el que quiera, pero yo estoy adentro, esperando. Estoy segura en casa, pongo música, me preparo un martini y miro cómo afuera se agita el agua. Camino descalza sobre el piso limpio, lustrado. Afuera el sol proyecta sombras rígidas hacia adentro y yo las miro con la ingenuidad necesaria como para creer que se parecen a lo que proyectan. Adentro y afuera se oponen con nitidez, adentro hay columnas que sostienen la estructura, afuera no hay nada, el cielo abierto, arriba, y el mar eterno, abajo. Tal vez afuera tampoco exista el arriba y el abajo, todo debe ser azul.
Esta semana fui varias veces a nadar y en el agua tampoco pude liberarme del adentro y del afuera. Adentro del agua los sonidos llegan opacos, el cuerpo está relajado. Sacó la cabeza y los gritos de los chicos que juegan en el carril de al lado me golpean. Meto y saco la cabeza. El verdadero problema, mi cabeza. Adentro de mi cabeza está todo, el interior confortable y burgués, con el martini y la música relajante, y el afuera violento y desconocido. Salgo de la pileta, me ducho, me seco, me pongo la ropa, me peino, salgo a la calle y rápido, muy rápido, vuelvo a casa a leer cerca de la ventana.

A.R

Thursday, May 04, 2006

Natural



"No acepte lo habitual como cosa natural pues en tiempos de desórdenes sangrientos, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar". Bertold Brecht