
Qué casualidad me digo y me repito, justo cuando acabo de declararle en este espacio mi amor a Buenos Aires, justo o poco después, mi jefe, el que siempre habla por teléfono, me propuso que me mude a trabajar a otra ciudad. Será que yo ya lo sabía aún antes de que él me lo dijera. Son esas cosas del tiempo, del antes y del después, de estar imaginando lejos a Buenos Aires, cuando estoy adentro de su vientre. Amo esta ciudad. Vivir es estar acá, donde todo lo mio es presente. Pensar en irme es pensar inmediatamente en volver. Es un ejercicio insensato, lo sé, pero no puedo evitarlo. Cuando me veo dejando la ciudad atrás, me debilito. Un instante después, cuando ya me imagino instalada en otra parte, adaptada y manejando un auto nuevo en una autopista extranjera, ya estoy planeando regresar.


