Sunday, November 11, 2007

Embotellamiento

El tránsito va lento, tanto que avanza dos metros y se detiene uno o dos minutos. Los automovilistas estamos tan cerca unos de otros que podemos, si bajamos los vidrios, ponernos a conversar. Mi auto está sucio, tiene las puertas rotas y avanza desprolijo entre modelos más nuevos y recién lavados. Lo siento como una prolongación de mi cuerpo, casi como el teclado de esta computadora mientras pienso y describo el embotellamiento.

Vamos todos juntos, ignorándonos pero atentos a los espacios que ocupa el otro, pendientes del atrás y del adelante, en una marcha incierta hacia el Obelisco, donde la ciudad se abre generosa hacia el río. Mi auto avanza por Corrientes en esa dirección, sobre la mano izquierda. Es sábado y el sol de mediodía recalienta la chapa del capot y mis piernas.

A los lados de la avenida, donde el cemento termina para dar paso al cordón de la vereda, se está armando una línea prolija de artesanos que, ajenos, acomodan sus tapetes sobre las baldosas. Avanzamos dos metros. Collares hechos con semillas, anillos de plata y alpaca, trenzas, carteras de cuero. Los artesanos me despiertan un estado de ánimo melancólico y festivo. Son un puente, si los hay, con mi adolescencia. Aunque se renuevan, parecen siempre los mismos. Estoy mirándolos y ni siquiera pienso en esto que escribo, solo me dejo ir hacia la vereda.

Un bocinazo me grita que avance y dos, tres metros, más adelante una chica, igual a todas las chicas que hacen artesanías y tienen veinte años, con una remera de un color que no combina con el pantalón ni con la vincha ni con las zapatillas, está parada al lado de un hombre sentado en una silla de esas que se abren y cierran como una tijera. El, de espaldas a los autos que se disputan la avenida, le está enseñando cómo se hace una pulsera con hilos de colores. Mi atención se concentra ahora en las manos del hombre que, ligeramente perfilado hacia la chica, va tensando unos hilos gruesos, que son como la columna vertebral de la pulsera. Sobre esas hebras gruesas enrosca un hilo verde brillante. La mano derecha gira veloz sobre los hilos de la base hasta que se termina la hebra verde. La chica, como yo, sigue con atención la maniobra. El le pide que corte un pedazo de hilo rojo. Ella lo estira, lo dobla por la mitad en el aire y lo corta con los dientes. Se lo da. El lo pasa, doblado, por abajo de la columna vertebral de la pulsera, y mete las dos puntas sueltas por debajo del doblez del hilo que acaba de darle la chica. Ella lo mira y le pregunta algo que no alcanzo a escuchar. Es fácil, pienso, es fácil.

Cuando el tránsito avanza de nuevo, sé que me robé algo de los dos.

AR

2 comments:

4cigarrasyunamantisreligiosa said...

Muy lindo blog, y me gustaron los comentarios sobre cine. A veces está bueno revisar los comments que tiene Rodolfo Edwards; deparan bonitas sorpresas.

Saludos

lana de vaca said...

Gracias por tu comentario...seguí participando ;)