Papá Noel me cumplió un deseo y dejó para mi, debajo del mismísimo árbol, un libro que yo quería hace mucho y que no conseguía. Cómo Papá Noel -cito a los niños- "tiene una fábrica", no es un problema para él conseguir un libro "agotado". Y así fue como entre sorpresas... me sorprendí. En un paquete pequeño y sin nombre estaba "Frankie y la Boda", de Carson McCullers. Impresionante. Todos los otros paquetes ya no importaban. Otro libro de mi "amiga" Carson listo para recorrer y con la magia de la Navidad.
Entonces comenzó la sensación ambibalente de querer salir corriendo a leerlo ya, dejando a todos con la copa en la mano y el helado esperando en el freezer; o dejarlo para más adelante, para seguir teniendo el eterno deseo de leerlo. Una sensación tremenda, que pocos autores me provocan, y que solo me asalta con la literatura. Jamás pensaría en dejar para más tarde otras cosas placenteras.
Entonces hice como que no me importaba y lo dejé sobre la mesa del living, como al descuido, en intensa convivencia con vasos y papeles arrugados de otros regalos. La fiesta siguió, las copas continuaron llenas varias horas, la conversación fue y vino, el helado se terminó. La banana split, definitivamente no me gusta. Pero yo, mientras tanto, seguía pensando si iba a empezar a leerlo apenas cerrara la puerta detrás del último invitado o si iba a dejarlo sobre la mesa hasta el día siguiente (que viene a ser hoy, 25/12) y, con ese gesto, postergar unas horas la decisión de devorarlo o de mandarlo al estante a esperar.
Pero como el deseo estaba cumplido, era una ilusión hacer de cuenta que el libro no estaba sobre la mesa esperando que lo lea. No tenía sentido esperar más. Desde la primera línea encontré lo que me gusta de Carson, su sensibilidad, sus silencios. Pero ahora me pregunto, ¿de un tirón o poco a poco?
Tuesday, December 25, 2007
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