Una rata en la cocina. Una cocina llena de ratas. Una deliciosa película “Ratatouille” que parte de un imposible, revulsivo para cualquier comensal: Una rata es el chef. Y no solo cocina, también parece haber leído a Proust, y lo demuestra cuando al enfrentarse con el crítico gastronómico más importante de Francia, Anton Ego, le prepara el plato más simple que jamás se incluyó en una propuesta gourmet y, con ese gesto, logra esclavizarlo. El tipo, de negro y larguirucho, mezcla de Nosferatu y cura católico, con unas ojeras esculturales y una boca que no tiene nada que envidiarle a una tajo mal curado, relojea el plato que le preparó Reni (la rata chef) y con una delicadeza artificial levanta un poco de ratatouille con el tenedor, alza la mano y se lleva el bocado a la boca. Glup.Al mojar la magdalena en la taza de té, Marcel, el protagonista de “En busca del tiempo perdido”, la monumental novela de once tomos de Proust, recuerda/recupera aquellos momentos de la infancia que la memoria le había escamoteado hasta ese momento, el de ensopar el budín en la infusión llevarlo a la boca, pasearlo y tragarlo. El olor y el sabor de esa combinación de la magdalena con el té, solo así, fusionados, y el azar, hacen posible que Marcel regrese en el tiempo y reviva esos instantes arrumbados. Magia.
Ego, el crítico gastronómico es, por un instante, Marcel, que en la película es también Francia y lo francés. La inteligente rata chef prepara con candor el ratatouille, una comidita frugal hecha de vegetales al vapor. Se lo hace servir al larguirucho vestido de negro que, impaciente, descartaba hasta ese instante poder recuperar el tiempo perdido, aquella felicidad de la infancia. Apenas el crítico apresa con su boca los vegetales calientes que largan humo apilados en el plato, apenas los envuelve en saliva y los arrastra, logra verse a sí mismo en la niñez ante esos mismos vegetales servidos en sencilla mesa materna. Magia.
La escena del “ratatuille” es la perla de la película, junto con las panorámicas de París, con sus desagües y escaparates, y los pelos de rata que (imaginamos) deben haber quedado flotando en la sopa.
A.R

